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EMPERADORES ROMANOS

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TIBERIO


Tiberio Julio César, nombre adoptado por este Emperador desde antes de serlo, o sea, desde que fue adoptado como Augusto para sucederle, puede que no hubiera pasado a la posteridad con el protagonismo con que lo hizo a no ser por, entre otras razones ganadas a pulso, ser el dueño del Imperio Romano en la época en que será ejecutado Jesús de Nazareth en la cruz.

También contribuyó a ser conocido por su morbosa conducta sobre todo tras su retiro en la isla de Capri, con su vida de crápula que, quiza hiperbólicamente, tan bien describió el historiador Suetonio. Además, Tiberio, que antes que emperador fue un excelente militar que luchó y ganó territorios para el principado de Augusto primero, y para el Imperio después, será en realidad el primer Emperador que lo fue de principio a fin, a diferencia de su padrino Octavio Augusto, que había empezado su mandato bajo el Principado, que era un régimen-puente entre lo anterior, la República Romana, y lo que será, muy pronto, el Imperio. Nacido en Fondi (Palatino), como ya se ha dicho, Tiberio fue el segundo mandatario que usó el título de emperador de Roma tras Octavio Augusto. Alguien dijo que con Tiberio se inauguraba la serie de los emperadores monstruos, cuyos extravíos, en panicular los de Tiberio, serían conocidos y, de alguna manera, aceptados e imitados por el propio pueblo.

Tiberio Claudio era hijo de Tiberio Nerón y de Livia Drusila, después mujer de Octavio Augusto, siendo adoptado por éste, al que sucedió ya en plena madurez (contaba 55 años) el año 14 en el trono imperial, con el nombre de Tiberio Julio César. Al nacer se presentaron algunos signos que el astrólogo Escríbonio interpretó en el sentido de que aquel niño tenía al destino de su parte y que llegaría a ser todopoderoso en la gobernación de Roma. Fue adoptado por el senador M. Galio, quedando huérfano de padre a los 9 años. A diferencia de los astros, según los cuales el destino le reservaba un porvenir espléndido y triunfal, su profesor de retórica Teodoro de Gadara, vio en su pupilo algo muy distinto. Con sus propias palabras, su alumno era «lodo amasado con sangre». Dueño de una robusta juventud y una belleza serena, Tiberio gozaba de una excelente forma física, que le hacía despreciar a los médicos y sus consejos. Era vegetariano, costumbre que no consideraba incompatible con la afición de excelente bebedor, que llegaría a límites extraordinarios a partir de su autoexilio en la isla de Capri.

Como se apuntó, Tiberio fue adoptado por Octavio Augusto y nombrado heredero junto a Marco Agripa Póstumo. Ambos eran buenos guerreros que lucharon juntos y sometieron a los panonios, después de lo cual, algún tiempo más tarde, Tiberio deportó y mandó asesinar a Marco y quedaba como único sucesor del primer emperador de Roma. Se había casado en primeras nupcias con Vipsania Agripina, con quien tuvo un hijo. Druso. Pero Octavio le fuerza al abandono de aquella primera esposa y le obliga a casarse con su propia hija, Julia. Sin embargo su nueva esposa tampoco le duraría mucho ya que, debido a su vida disoluta y libertina, de acuerdo con Octavio, el esposo ultrajado agravará el destierro que le había impuesto el Emperador, prohibiéndole salir de su casa y —castigo particularmente muy cruel para el temperamento de Julia—, mantener bajo ningún concepto relaciones sexuales, y menos con aquel su último amante que no tenía empacho en exhibir en público, Sempronio Graco. Además, y aprovechando la oportunidad de la ausencia de la hija de Octavio, Tiberio acabó apropiándose del dinero y de las rentas de su segunda esposa a la que posteriormente también ordenará matar junto a su amante. Tiberio había iniciado su carrera militar a las órdenes del que sería su suegro y protector, Octavio Augusto, combatiendo a los rebeldes cántabros en España, y a los armenios en el otro extremo del Mediterráneo. En este tiempo de servicio a Octavio, gobernó la Galia y guerreó en Germania.

Tras estas campañas militares, en las que desarrolló como excelente estratega, regresó a Roma, donde fue recibido multitudinariamente enarbolando las insignias del triunfo, nueva clase de trofeo y de premio inexistentes antes de él. Contra todo pronóstico, el general victorioso no se dejó llevar por el ambiente de euforia y decide abandonar la ciudad dirigiéndose, primero a Ostia y después a Rodas, llevando allí una existencia modesta y tranquila durante siete años. En su autoexilio recibió la noticia de que su suegro lo había divorciado en su nombre de su hija, legalizando así la separación de hecho que ya existía entre los esposos. Después será nombrado tribuno por un lustro y, a su regreso a Roma, coronado de laurel, podrá tomar asiento junto al Emperador. Cuando Octavio Augusto muera, Tiberio estará junto a él, retardando el tiempo de dar la noticia al resto de la gente para poder desembarazarse de Agripa, su coheredero según deseo del Emperador fallecido.

Una vez cometido el crimen, entonces sí, Tiberio asumirá que es el nuevo amo de Roma. Tiberio, a pesar del primer crimen de su reinado, fingió no desear el ejercicio del poder, hasta el punto de sentirse verdaderamente presionado para que tomara el mando del Imperio, lo que aceptó, aparentemente, de mala gana. Una vez ante el hecho consumado, prosiguió su etapa de abulia personal aunque compaginó su aburrimiento con certeras medidas de gobierno tendentes a sanear la vida romana y, al mismo tiempo, pareció evidenciar su deseo de hacer feliz a su pueblo. En este sentido son paradigmáticas algunas decisiones como, por ejemplo, la que prohíbe terminantemente que se levanten templos en su honor, o que se cincelen estatuas con su figura, o que se reproduzca su rostro en retratos, entre otras en esta dirección. Además, evita también que se le coloque junto a los dioses como una más de las divinidades. Admite las críticas y suyas son estas palabras: «En un Estado libre, la palabra y el pensamiento debían ser libres».

Poco adicto a las religiones, prohibió todas las foráneas, incluso la de Isis y la de los judíos, a los que sumó la persecución de los astrólogos, que con sus artes adivinatorias, sin duda pudieron ver la llegada de malos tiempos para sus lucrativas predicciones. En consecuencia, y a tenor de lo anterior, y aunque al principio demostró ser bastante hábil y prudente (de hecho, hay historiadores que intentan rescatar su lado positivo, y lo presentan como el más inteligente de los emperadores, gran trabajador y buen administrador, sin olvidarse de su buena disposición como guerrero), lo cierto fue que muy pronto se volvió un desconfiado patológico, lo que le convirtió en un ser de crueldad manifiesta. También se entregó desde el primer momento, a la consecución de todo aquello que excitara y aumentara sus placeres, sobre todo los relacionados con el sexo, sin diferenciar el género de estos. Incluso llegó a crear el cargo de intendente de los place res, con la tarea única de buscarle carne joven y dispuesta que satisficiera su gula sadopatológica. Patología que se extendía a su crueldad incluso para con personas de su familia. Así, dejó morir a su propia madre y, una vez muerta, prohibió absolutamente que fuese recordada con cariño. Más tarde, y perdido ya el norte, impidió a los familiares de los que mandaba matar que exteriorizaran su dolor llevando luto, al mismo tiempo que premiaba espléndidamente a toda clase de delatores, sin comprobar la veracidad de las delaciones.

Persiguió con ensañamiento a los políticos más importantes que le rodeaban, apoderándose sistemáticamente, tras la defenestración de los mismos, de sus posesiones y riquezas. Para ello le fue muy útil la promulgación de la Lex Majestatis (Ley de Majestad) que le otorgaba plenos poderes y que, bajo la más mínima sospecha, le permitía acabar con la vida y los bienes de cualquiera. Muy influido por el prefecto Sempronio (que en realidad era el que llevaba las riendas del Imperio), las continuas delaciones de éste provocaban, indefectiblemente, la más dura represión del Emperador, que no sólo conseguía ejecutar y eliminar a cientos de personas acusadas de lesa majestad, sino que sólo con el terror que se respiraba en el ambiente provocó gran número de suicidios entre sus enemigos. Por ejemplo, ordenó la muerte de la madre de Fusio Gemino (al que acababa de matar) porque aquella lloró desconsoladamente el trágico fin de su hijo. Mató también al hijo adoptivo de Agripina, Gernánico, muy querido por los romanos, haciendo que la gente le gritara con desesperación y rabia: «Devuélvenos a Germánico!». Incluso llegó a azotar de forma humillante a la misma Agripina, convertida en su nueva esposa, que, a consecuencia de la terrible paliza, acabó perdiendo uno de sus ojos. No contento, la encerrará y la irá matando de hambre poco a poco.

Pero tardaba tanto en morir que, impaciente, mandó que la estrangulasen. Su vesania no conocía límites, y también llegaría hasta el propio ejecutor de sus maldades, aquel ministro cómplice, Sejano. No sólo ordenó la muerte de su hasta hacía poco brazo ejecutor, sino el de toda su familia, incluida una niña de once años. Como las leyes prohibían condenar a muerte a las vírgenes, Tiberio ordenó al verdugo que antes de cumplir la sentencia, la violara y desvirgara. Una mujer de la corte, Malona, anunció su suicidio antes que yacer con «ese viejo sucio y repugnante». Era ésta la hija de un senador llamado Marco Sexto, hombre honrado que se sentía orgulloso de aquella hermosa hija que guardaba con celo en su mansión ante los peligros de la corte imperial y, en especial, deseaba que Tiberio no supiera de su existencia. Pero al cabo el Emperador se enteró y, jugándoselo todo para conseguir aquella virgen, acusó a la hija y al padre de incesto, condenando a ambos según las leyes.

Una vez con el camino más despejado, Tiberio quiso abusar de su prisionera quien, ante el ataque del César, se resistió violentamente, cediendo tan sólo a un cunilinguo de Tiberio. Fue después de esta humillación cuando Malonia regresó a su casa y se atravesó el corazón con un puñal, no sin antes maldecir al viejo de Capri. Ese viejo sucio y repugnante no lo era tanto cuando decidió retirarse a Capri (ya nunca más regresará a Roma), idílica isla donde se entregará, libre de cualquier atadura, a dar rienda suelta a todos sus vicios hasta entonces más o menos controlados y ocultos. Así se desarrollaría su estancia en tan paradisíaco lugar hasta el último momento de su existencia, instalando una escandalosa corte en la que tenían lugar desenfrenadas orgías durante las que los protagonistas —y las víctimas también— eran niños y adolescentes con los que el selecto emperador practicaba y ensayaba todas las sevicias de las que su imaginación era capaz.

También disfrutaba con jóvenes y adultos de ambos sexos, con los que se solazaba asistiendo a un espectáculo llamado spintries, que consistía en una unión sexual a tres (muchachas y jóvenes libertinos, revueltos), que tenían que actuar hasta que el tirano se desahogaba. Para excitarse él y los que actuaban para él, tenía una apropiada biblioteca con obras de una célebre poetisa llamada Elefántide de Mileto, y de otros autores como Hermógenes de Tarsia o Filene, todas ellas hijas de un mismo motivo y un estilo especialmente dirigido a la excitación de los sentidos. Pero si los textos sicalípticos ocupaban la biblioteca de Tiberio en Capri, también necesitaba, y buscaba, cuadros de la misma temática que acompañaran a sus escenas orgiásticas. A precio de oro compró una ya entonces célebre pintura de un artista llamado Parrasio que representaba con todo detalle una felación de Atalanta a Meleagro, obsequio que prefirió Tiberio a la entrega por el propietario del cuadro de un millón de sestercios si la escena representada la consideraba excesivamente obscena.

 Tiberio prefirió la imagen lasciva al oro y la colocó en la parte más excitante de su alcoba, de manera que siempre la tuviera a la vista en sus encuentros íntimos. Todo ello redundaba en una inacabable y continua prueba de nuevas hazañas sexuales que ocuparan las veinticuatro horas del día del Emperador, que, si bien prefería a niños y mancebos, también llamaba a mujeres a su lado, como la referida Malonia. En la bellísima isla, Tiberio era el dueño y señor de una docena de villas y palacios donde organizaba aquellas bacanales de sexo y sangre. En la hermosa Gruta Azul, por ejemplo, se bañaba desnudo junto a pequeñuelos (ya se ha apuntado antes) a los que llamaba «mis pececitos», y que previamente habían sido aleccionados en el arte de succionar el miembro del Emperador bajo el agua.

Si bien la mayoría de estas pequeñas víctimas les eran compradas a padres miserables, también provenían de algunos patricios y de ciertas familias nobles a las que, como compensación, el emperador hacía espléndidos regalos. El escándalo llegó a alcanzar cotas demasiado peligrosas incluso para la época, y a pesar de la lejanía de Tiberio de Roma, hasta la ciudad llegaban las noticias terribles del viejo decrépito y asesino. Empezaron a aparecer por la ciudad pasquines ofensivos para el déspota y hasta los senadores no se privaban de insultarlo en público. Insatisfecho siempre, pero cansado de sus propios excesos, Tiberio llegó a desear morir puesto que ya nada le atraía ni interesaba, mucho menos le divertía. Por fin, un día murió estrangulado en Miseno (año 37), en la casa de un amigo llamado Lúculo, y en su propio lecho, a manos de Macrón, capitán de los pretorianos.

Contaba 78 años y había sido emperador de los romanos durante 23. Entre las causas de su muerte (obvia, si nos apuntamos a la del estrangulamiento con su pro-pía almohada) se añadía, además, la del posible veneno suministrado por Cayo (el, después, emperador Calígula), o el de haberle dejado que se consumiera por hambre para que su sufrimiento fuese mayor. Sea como fuere, con el cuerpo aún caliente, en las calles la gente ya pedía a gritos «iTiberio al Tíber!», desahogando así su odio para con un emperador maldito. En casi todos los casos, indagar sobre las causas, razones o porqués de la maldad de los poderosos, suele resultar inútil e, incluso, engorroso. Y esto es lo que se suele intentar cuando el tirano de turno muere.

En el caso de Tiberio no fue diferente, y tras su muerte, los juicios de sus contemporáneos y la de los que le juzgaron en los siglos futuros dieron ocasión para satisfacer todas las opiniones. Parece que, como gratuita justificación de los excesos de este segundo emperador romano, se afirmó que Tiberio estaba convencido, por aquella profecía emitida al nacer por la que se adelantaba su unión con el poder, de que contra el Destino nada se podía, lo que le permitía dejarse llevar muellemente por la senda más agradable para él, aunque, al mismo tiempo, fuese la más insufrible para los demás. El déspota murió rodeado de riquezas que, un tanto avaro, había atesorado durante su reinado. Había exigido también a los demás que fuesen buenos administradores, siendo premiados aquellos que lograban exprimir mejor al pueblo con descomunales impuestos. Sin embargo, y dado que no era tonto, precisamente, como algunos se extralimitaran en exprimir a los ciudadanos, les amonestó con la sabia frase de que «a las ovejas se las puede esquilar pero no despellejar».

En contra de lo habitual, el anciano de 78 años que murió en Capri (sus enemigos le llamaron el Caprineo, palabra que significaba natural o habitante de Capri, pero también cabrón), era la estampa contraria a la bondad que, en general, el paso de los años refleja en los rostros de los que se van. Por último, el Emperador ha sido premiado por adaptaciones cinematográficas, si bien nunca como personaje central y sí como secundario.

De manera casi ineludible, Tiberio estará en los numerosos films relacionados con la vida de Jesús como, entre muchos otros, Rey de Reyes (Cecil B. De Mille, 1927, y en la segunda versión de Nicholas Ray de 1961); La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965), sin olvidar la precursora Intolerancia (David Griffith, 1916) y otros cientos de títulos presentes en todas las cinematografías.

                                         CALIGULA  (DE CALIGAS)

Calígula tendrá, en el futuro, un lugar de dudoso honor en la sangrienta lista de los emperadores romanos, sin que esto quiera decir que fue intrínsecamente peor que otros. Y es que la fama de algunos malvados de la Historia suele depender de un cúmulo de circunstancias presentes y futuras a partir de las cuales, los historiadores hacen su trabajo.

En el caso de Cayo César Germánico llovía sobre mojado tras su antecesor, el impresentable Tiberio. Con su mandato, el Imperio Romano alcanzará su plenitud tras la época puente del Principado que había iniciado Augusto y proseguido Tiberio, ya con el título de Imperio. Calígula añadiría a la nueva simbología imperial elementos helenístico-orientales que intentarían embellecer lo que, bajo su reinado, no sería otra cosa que una durísima monarquía teocrática a merced de sus caprichos.

Sobrino y sucesor de Tiberio (quien lo había adoptado), hijo de Germánico y de Agripina, y tercer Emperador romano, nació en Antium (hoy Porto D’Anzio). Será conocido como Calígula (diminutivo de caliga, sandalia militar). Antes de ser elevado al trono, debió dar señales alarmantes, ya que el propio Tiberio, a quien acompa ñaba en su retiro de la isla de Capri, comentó: «Educo una semiente para el Imperio». La serpiente lanzó muy pronto el veneno, pues con ocasión de la muerte de Tiberio, y cuando todos creyeron que el viejo crápula había dejado de vivir, con el cuerno aún caliente, Calígula arrancó el anillo del dedo del Emperador, y se lo puso para hacerse proclamar por los presentes nuevo César. No obstante, en pleno juramento, Tiberio, el pretendido cadáver, pidió un vaso de agua, y el terror se enseñoreó de todos, y muy en especial de Calígula, que lucía ya el anillo imperial y se relamía de gusto ante la perspectiva inmediata de asumir el poder. Aunque Macro, allí presente, ante lo violento y peligroso de la situación, se abalanzó sobre el moribundo y, con su propia almohada, lo asfixió. Calígula, el nuevo Emperador, por fin pudo respirar tranquilo... Calígula era un hombre sin atractivos, de aspecto aterrador que acentuaba con su costumbre de ensayar continuamente las más diversas muecas con las que deseaba asustar, aún más, a los que le rodeaban. Su escasa cabellera era muy encrespada, lo que le acomplejaba doblemente. Muy pronto haría prácticas de sadismo en especial sobre las mujeres que tenía más próximas, con las que se ensañaba, según contaba Séneca.

Este sadismo, según el filósofo cordobés, además de por la utilización de castigos y martirios físicos, se presentaba bajo otras formas de tortura provocadas por el mismo emperador, exactamente a través de sus ojos, cuya mirada nadie era capaz de resistir sin empezar a temblar. Bien lo sabía el filósofo cordobés pues, odiado por el emperador, a punto estuvo de perecer por orden de Calígula. Fue salvado in extremis por una concubina del tirano, y no por humanidad sino porque, sabedor de que Séneca sufría una grave tuberculosis, pensó que no valía la pena adelantar por poco tiempo un final que parecía próximo. En el día a día de Calígula todo valía para llevar a la realidad uno de sus más pregonados deseos: «Que me odien, mientras me teman». No obstante, y llegado el momento, parece ser que Calígula era consciente de su patología mental, o sea, esquizoide, de origen genético.

Tanto es así que, consciente de su inestabilidad psíquica, pensó seriamente en retirarse del poder imperial y ponerse en manos de quienes pudieran curarlo, pues su enfermedad no era original, sino consecuencia de unas altísimas fiebres que padeció en sus primeros años. Un defenestrado (quitado de la circulación) y asustado Séneca, por ejemplo, no dudó en dar salida a su odio hacia Calígula escribiendo (aunque, por supuesto, sin publicarlo entonces) un libro titulado De la cólera, que era un ataque en toda regla, y sin perdón, hacia el odiado personaje que dirigía el Imperio.

Con ocasión de su acceso al trono a los 23 años, Calígula sacrificó 160.000 animales como acción de gracias por tan importante suceso, e inició desde aquel momento, su ascensión imparable hacia el poder máximo y caprichoso que culminará en su inclusión en la no muy ejemplar historia de los emperadores romanos en un destacado primerísimo puesto de crueldad y arbitrariedad, a pesar de que, sorprendentemente, inauguró su reinado ejerciendo una política de tolerancia como reacción al despotismo y maldad de su antecesor, su protector Tiberio. Incluso suspendió los odiosos procesos por lesa majestad de su antecesor, además de volver a los comicios en los que se elegía a los magistrados (con Tiberio lo había hecho el Senado). Además, nadie le negó su amor por los desfavorecidos y su odio por los ricos, conducta esta última que, al final, sería su perdición.

En correspondencia, en estos primeros tiempos el pueblo romano lo adoraba, quizá por ver en él al hijo de aquel Germanico desgraciado y bueno y deduciendo, erróneamente, que sería como su progenitor. Todo empezó a torcerse cuando, en apenas un año, gastó todo el tesoro que había heredado de Tiberio, unos 2.700 millones de sestercios, teniendo que tapar aquel enorme agujero con nuevos y gravosos impuestos de los que no se salvaba nadie. Por ejemplo, impuso un canon a los alimentos, otro por los juicios, a los mozos de cuerda, a las cortesanas e incluso a todos los que tenían la feliz idea de contraer matrimonio. Pero todo este atraco no era suficiente y, tras insistir una y otra vez en esta actitud de pedigüeño, en el transcurso de sus muchos delirios, aseguraría sentirse en la más absoluta ruina, llegando en su sicopatía a pedir limosna en las calles romanas además de obligar a testar en su benefició a sectores de la población bastante ricos, poniéndose muy nervioso si éstos, los llamados a cederles sus riquezas, no se morían pronto. Durante esta fiebre de miseria más o menos imaginaria, pero no menos obsesiva, llegó a confiscar las posesiones de sus propias hermanas, Julia y Agripina, y acusarlas de conspirar contra él. Pero volviendo atrás, a los primeros tiempos de su poder absoluto, aquellas primeras bondades del inicio de su reinado las olvidó Calígula apenas medio año más tarde, superando enseguida las atrocidades de su predecesor, acaso por sufrir un conjunto de enfermedades mentales que le provocaban noches interminables presididas por el insomnio, además de sufrir de continuo espantosos ataques de epilepsia, que nunca le abandonaron.

Precisamente sería tras un agravamiento de sus enfermedades, y después de una inesperada recuperación cuando todos le daban por perdido, cuando se evidenciaría aún más toda su crueldad, puede que como secuela de su enfermedad anterior. Según se levantara de un humor que siempre era variable y caprichoso, demostraba manía persecutoria, delirios y quimeras relacionadas, de nuevo, con el dinero como, por ejemplo, la necesidad que tenía de pisar físicamente un montón de monedas de oro con sus pies descalzos. También formaba parte de su esquizofrenia su desinterés, convertido en odio, por los más famosos autores contemporáneos, ordenando la destrucción (aunque, a la postre, no lo consiguió) de todas las obras de Homero, Virgilio, Tito Livio y otros. Tuvo una pasión incestuosa por una de sus hermanas, Julia Drusila. Muy jóvenes ambos, Calígula la había poseído por primera vez, siendo sorprendidos los dos adolescentes en el lecho por la abuela Antonia, en cuya casa vivían. Nunca renunciaría a ella, sino que, años después, y a pesar de que la habían casado con un tal Lucio Casio Longino, Calígula la compartió y fue Drusila, al mismo tiempo, esposa legítima de su hermano.

Incluso durante una grave enfermedad que parecía iba a ser definitiva y con un fatal desenlace, Calígula nombró como heredera a su misma adorada hermana y esposa. J.ustificaba esta atípica relación en que, en las dinastías de los Ptolomeos, en su adorado Egipto, esto —la unión de dos hermanos— era considerado una relación incluso sagrada. Su amor hacia Drusila le llevó a sentarla junto a él en el Olimpo que había creado con su misma persona como dios principal, divinizándola también. Cuando ella murió, Calígula no tuvo consuelo, y muy afectado, ordenó e impuso un luto general, dictando durísimos castigos para los que, en ese período de duelo, se bañaran, se rieran aunque fuese poco o, en fin, hubieran comido en familia de forma distendida o agradable. A continuación huyó de Roma y no paré hasta Siracusa. A su regreso, volvió desaliñado, con los cabellos enredados y obligando a que, en adelante, todos juraran por la divinidad de la difunta Julia Drusila. Desde el primer momento imprimió a su reinado de una pompa desconocida, asumiendo de hecho una teocracia en lo externo, deudora de lo helenístico-oriental entre lo que incluyó actos como el de acostarse, además de con Drusila —que siempre sería su preferida—, con sus otras hermanas, las cuales, después de yacer en el lecho del emperador, fueron entregadas por éste a varios amigos como auténticas prostitutas que estos podían utilizar y explotar a su antojo. En otra ocasión, habiendo sido invitado a la boda de un patricio llamado Pisón, durante el banquete decidió robarle la esposa (Livia Orestila) al atónito flamante marido, llevándosela a sus aposentos y poseyéndola. Justificó este rapto y posesión en que, realmente, Livia era su esposa, y amenazó a Pisón si tenía la audacia de tocar a su mujer. Y es que las caricias impacientes de los desposados habían enardecido a Calígula, que quiso adelantarse al marido en el disfrute de la todavía virgen esposa.

 Esta conducta indigna del Emperador no era excepcional, ya que en los banquetes solía examinar detenidamente a las damas asistentes, y no evitaba levantarles los vestidos y comparar sus intimidades, escogiendo a alguna y retirándose para gozarla, como hiciera con la desgraciada Livia Orestila. Después regresaba con evidencias del encuentro y se deleitaba ante los asistentes con confidencias sexuales sobre la arrebatada de turno. Fue también amante de Enia Nevia, esposa de Macron, y entre las cortesanas, su favorita fue Piralis. Asimismo, se divertía mucho divorciando, en ausencia de sus maridos, a damas de alta alcurnia, con las que también se acostaba. No obstante, y por medios legales, Calígula tuvo otras esposas: Junia Claudila (que Íallcció tras su primer parto), la misma esposa de Pisón, Livia Orestila, Lolia Paulin~ y Cesonia. Esta última fue la que más le duró, al parecer por sus artes libertinas, que excitaban al Emperador de manera especial y lo hacían deudor de sus caricias. La pasión por Cesonia y la manera cómo la consiguió, son dignas del carácter del Emperador. Era Cesonia una bella matrona llena de sabiduría a quien Calígula coiioció el mismo día que ella paría en palacio (de donde era habitante como una mas de las muchas personhs al servicio del emperador) una hermosa niña.

Encariñado desde ese momento con la madre y con la niña, puso a ésta el nombre de Drusila, en honor de su hermana y amante, y se proclamó padre de la criatura. Y, puesto que era el padre por su propia decisión, automáticamente obligó a que se le reconociera también como esposo de la madre, Cesonia. Momentáneamente metamorfoseado en ilusionado padre de familia, condujo a su esposa e hija a todos los templos de Roma, presentando a la pequeña a la diosa Minerva para que le insuflara saber y discreción. Sin embargo Cesonia ya había parido tres hijos de su matrimonio anterior con un funcionario de palacio, además era una mujer con la juventud ya perdida y no excesivamente hermosa. Por lo que se rumoreaba que aquella locura de Calígula por ella se debía a que Cesonia le había dado algún brebaje afrodisíaco, como por ejemplo, uno muy conocido extraído del sexo de las yeguas. Perdido el norte, Calígula empezó a practicar toda una serie de conductas absurdas y crueles como, por ejemplo, entre las primeras, el nombrar cónsul a su caballo favorito, Incitatus (Impetuoso), al que puso un pesebre de marfil y dotó de abundante servidumbre a su disposición. Y, entre las segundas, su deseo, expresado a gritos, de qUe «el pueblo sólo tuviera una cabeza para cortársela de un solo tajo», producto de una rabieta imperial al oponerse el público del circo a la muerte de un gladiador contra lo decidido por Calígula. También se distraía llevando sus cuentas personalmente, unas cuentas consistentes en redactar la lista de los prisioneros que, cada diez días, debían ser ejecutados.

Otra contabilidad llevada personalmente fue la de su propio gran prostíbulo, que había hecho construir dentro del recinto de su palacio y que resultó un negocio redondo. En otro orden de cosas, y para producir aún más terror, todas estas distracciones las vivía disfrazándose y maquillándose de forma que sus actos, de por sí ya terribles, contaran con el añadido de lo siniestro, de manera que sus caprichos resultaran implacables haciendo temblar a sus víctimas aún más. Las ejecuciones eran tan numerosas que, a veces, no había una razón medianamente comprensiva para tan definitivo castigo, como en el caso del poeta Aletto, que fue quemado vivo porque el Emperador creyó toparse con cierta falta retórica en unos versos compuestos, precisamente, a la mayor gloria de Calígula, por el desgraciado vate. La crueldad de Calígula podría resumirse en una frase que se trataba, en realidad, de una orden dada a sus matarifes respecto a cómo tenían que acabar con sus víctimas. Era ésta: «Heridlos de tal forma que se den cuenta de que mueren». La lista de sus desafueros sería interminable. A modo de muestreo, podemos decir que el Emperador, imbuido muy pronto de su carácter divino, hizo traer de Grecia algunas estatuas, entre ellas la de Júpiter Olímpico, escultura a la que ordenó arrancar la cabeza y sustituirla por una suya, y desde ese momento rebautizada como Júpiter Lacial (él mismo, transformado en el dios de dioses del Lacio).

El siguiente paso será la elevación de un templo en honor de ese nuevo dios y la presencia en el mismo de otra escultura, ésta de oro, y que cada día era vestida como el propio Calígula, en una especie de simbiosis y travestismo entre aquel artista llamado Pigmalión y su modelo, y que evidenciara de manera inequívoca, la naturaleza celestial del Emperador. También, y sin duda todavía en las alturas de su particular Olimpo, invitaba a la Luna (Selene) en su plenilunio, a que se acostara con él. Ya en terrenos más próximos a lo cotidiano, y en su afán por complicarle la vida a sus súbditos, se divertía, por ejemplo, regalando localidades a la plebe que, en principio, estaban destinadas a la aristocracia. Lo divertido para Calígula venía cuando, estos últimos, al encontrar ocupadas sus localidades, iniciaban un altercado con la chusma, espectáculo este mucho más divertido para Calígula que las propias representaciones teatrales. Calígula había sido un emperador que siempre había sorprendido y puesto a prueba a la gente. Como se quejara amargamente de que su reinado transcurría sin grandes cataclismos y, por tanto —según él—, su nombre y su tiempo apenas serían recordados por los historiadores, intentó suplir esta falta de terremotos, inundaciones, pestes o guerras auténticas, con la puesta en escena de batallas de ficción. Así, en una de sus incursiones por Germania y ante la nula presencia real de escaramuzas, decidió que parte de sus legiones pasaran al otro lado del río Rhin, desde donde se encontraban, e hiciesen como si pertenecieran a un ejército bárbaro. Una vez en la otra ribera, Calígula cayó sobre el enemigo con sus soldados, a los que venció sin paliativos.

Escribió, entonces, a Roma anunciando su triunfo al tiempo que se quejaba de que, mientras él exponía su preciosa existencia luchando, en la metrópoli el pueblo y los senadores se divertían en inacabable holganza. También humilló a sus legiones en las Galias obligando a los soldados a recoger, en el transcurso de jornadas agotadoras, toda clase de moluscos y otras especies de productos marinos. Tras agotar el tesoro imperial en su favor y mandar asesinar (como ya queda dicha) a destacados miembros de la aristocracia para quitarles el dinero, acabó siendo asesinado en una estancia de su palacio por el jefe de los pretorianos, Casio Quereas, en el pasillo que comunicaba aquél con el circo, al que volvía el Emperador tras un descanso en uno de los espectáculos de los Juegos Palatinos. Se vengaba así, de camino, Quereas del trato vejatorio que siempre le infligió el Emperador, tratándole de afeminado e impotente. Ahora había llegado su hora, y ya pudo empezar a alegrarse con la primera herida producida en el cuerpo de un Calígula medroso (un hachazo en el imperial cuello), que, sin embargo, no lo mató inmediatamente, aunque sí provocara en el sádico personaje gritos de dolor y desesperación. Inmediatamente acudieron el resto de los conjurados (hasta treinta de ellos con sus espadas desenvainadas) quienes, tras una estocada en el pecho propiciada por Cornelio Sabino, se ensañaron en la faena de acabar, definitivamente, con la vida del Emperador, su esposa Cesonia e, incluso, con la de la hija de ambos, una niña que fue estrellada sin piedad contra un muro. Se ponía fin, con la misma violencia sufrida, al sangriento y violento reinado de un loco que había torturado a su pueblo durante tres años y diez meses de pesadilla.

Crudelísimo incluso después de su muerte, se encontraron abundantes listas de nombres destinados a ser ejecutados. Incluso, junto a estas, fueron hallados gran cantidad de venenos destinados a cumplir de ejecutores de aquéllos, tan abundantes que, al ser arrojados al mar, envenenaron las aguas marinas, que devolvieron a las playas miles de peces muertos. Calígula (que contaba 29 años al morir) fue borrado por el Senado de la lista de los emperadores de Roma. Había sido un hombre tan malvado y despiadado con los demás como cobarde él mismo. Por ejemplo, en vida sentía un terror patológico por las tormentas, que le arrastraba debajo de las camas cuando empezaban los relámpagos.

Murió, como ya se ha dicho, muy joven, y nadie sabría nunca lo que hubiera podido ser su reinado de vivir más años. Como en el caso de tantos personajes polémicos o indeseables, el cine no lo dejaría escapar, siendo uno de los films más conocidos uno seudo porno del escandaloso director Tinto Brass titulado Calígula.

                                     NERON



Nerón: Un Ser Despreciable, Loco y Salvaje



 

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Nerón

Nerón no fue, probablemente, el peor de los emperadores romanos. Desgraciadamente, estuvo muy bien acompañado por sus predecesores y por sus seguidores al frente del Imperio Romano. Pero varias circunstancias confluyeron para hacer de él el más conocido y el más denigrado de todos ellos. Algo, sin duda, tuvo que ver el que, bajo su reinado, murieran decapitado y crucificado, respectivamente, los apóstoles Pablo y Pedro, vanguardias de aquella nueva religión que había nacido en la lejana provincia de Palestina fundada por un rabino llamado Jesús.

El fin trágico de los apóstoles y el de otros muchos cristianos y seguidores, propició la ennegrecida leyenda de Nerón que, en adelante, y en la historiografía cristiana, tendría el dudoso honor de abrir las diferentes y subsiguientes persecuciones de otros emperadores contra la nueva religión en las personas de sus seguidores y practicantes. Nacido en Antium, era hijo de Julia Agripina y de Enobarbo (aunque también se decía que, en realidad, el verdadero padre había sido el hermano de la propia Agripina, Calígula). Su padre, por cierto, se dice que al ver al recién nacido, había dicho en medio del delirium tremens de una de sus continuas borracheras unas palabras que resultarían proféticas: «De Agripina y de mí —profetizó— sólo puede nacer un montruo». No era de extrañar cuando el mismo progenitor había tenido relaciones incetuosas con su hermana Lépida y, a no ser porque coincidió con la ejecución de s condena la llegada del nuevo Emperador, se habría jugado su propia vida. Huérfano de padre, sin embargo, a los dos años y desterrada su madre, el futuro Emperador vivió junto a su tía Domicia Lépida, de costumbres y honorabilidad harto discutible pero que tuvo el buen sentimiento de cuidar a aquel niño prácticamente abandona do. Confirmando lo airado de su vida, al final encargó, a su vez, la educación de niño a dos amigos suyos, que eran, respectivamente, un bailarín y un barbero. Al regreso del destierro, su madre, Agripina, volvió a ocuparse de su hijo, aun que el niño no ganaría mucho con el cambio, ya que el barbero y el bailarín fueron sustituidos en la educación del joven por Aniceto, un individuo aún más inmoral que los anteriores y que la propia tía Lépida.

Después, Nerón fue adoptado por el emperador Claudio a los 13 años presionado por Julia Agripina, su madre, de manera quc tras la muerte de Claudio, el joven Nerón le sucederá en el trono imperial. (Claudio había muerto a causa de las setas envenenadas preparadas por Locusta a indicaciór de la propia Agripina.) Algo más contribuyó su madre para que su hijo reinara como fue el comprar a los pretorianos a los que, previamente, había sobornado con 15.000 sestercios para que no dudaran en el momento de elegir al nuevo Emperador. Empezaba así un nuevo reinado y un nuevo Emperador en la lista del mayor imperio entonces conocido y que gobernaría sobre más de 70 millones de ciudadanos romanos. Claro que, en la sombra (o no tanto: Agripina no se escondía), quien iba a llevar las riendas de los negocios imperiales iba a ser aquella, todavía joven y hermosa mujer, que era la madre del nuevo Emperador. Sin embargo, el hijo de Enobarbo (de aenus, bronce, y barbo, barba —como su padre, Nerón tenía cabellos y barba rojizos—), y en un primer momento, el señalado para ocupar el trono imperial no deseaba de ninguna manera tal honor, pues era consciente de que le alejaría de su verdadera buena vida, que para el joven Nerón se encerraba en la práctica y conocimiento de las artes, de las que era un convencido y entusiasta aficionado ya que se consideraba a sí mismo como buen cantante, poeta, escultor, actor y hasta bailarín. Además, estaba convencido también de que ya era un experto en otras muchas actividades, como en la conducción de cuadrigas.

Todo esto, pensaba, pasaría a un segundo plano cuando accediera al trono, por lo que a no ser por las prisas de su madre, por él ese momento lo hubiera alejado lo más posible. Incluso intentó rechazar el matrimonio impuesto con la jovencísima Octavia cuando contaba apenas trece años, matrimonio que, aunque llegó a celebrarse, nunca se consumaría. Por el contrario, y de forma ostensible, Nerón hizo ver que su auténtica esposa era una mujer llamada Actea, liberta y, en sus ratos libres, meretriz muy popular en la ciudad. Por Cierto, la debilidad de Nerón por esta mujer se prolongaría durante teja su vida a pesar de la oposición frontal de su madre, que no sólo detestaba los amores de su hijo con una inferior, sino que (y aquí ya entra la leyenda más o menos nc era sobre Nerón) jugaba el factor celos, pues la esclava venía a interponerse en las relaciones más que materno-filiales, de Agripina y su hijo, como al parecer era de dominio público. Aconsejado por sus maestros Burro y el filósofo cordobés Séneca (este último sería amante de su madre, Agripina, y sería ella la que lo introduciría en la corte im¡,erial), Nerón inició su reinado a los 17 años de forma pacífica e, incluso, dulce. Sin d uda las enseñanzas del filósofo bético habían hecho mella en el tierno y joven Empcrador, que no obstante haber intentado aquel impregnar el corazón de Nerón con buenas lecciones, realmente estaba tan apegado a lo crematístico, que su fortuna había crecido desmesuradamente al lado de la familia imperial (algunos historiadores hablan de una fortuna de 300 millones de sestercios en poder a momento de su muerte). Tan benefactor aparecía a todos el joven Emperador que se contaba el caso de que, al tener que estampar su firma en una sentencia de muerte, se resistió a hacerlo, nibricándola al fin, pero tan contrariado que exclamó: «iQuisiera el cielo que no supieni escribir!».

En otra ocasión, y como quisieran levantarle una estatua de oro, se negó a aceptarla, en razón de esta circunstancia: «Esperad que la merezca». Así mismo se conformó con enviar al destierro a un escritor llamado Galo Veyento porque se había confesado autor de unos terribles libelos contra los senadores y la casta sacerdotal. En un principio estuvo dominado totalmente por la presencia imponente de su madre; Nerón era un muchacho dócil y tímido que gobernaba a la sombra materna. Esta sumisión se apreciaba externamente en detalles como el de acurrucarse a los pies de Agripina, cuando estaba sentada en el trono imperial, y en el de, al acompañarla en los desplazamientos en litera por las calles de Roma, su costumbre de caminar a pie, en paralelo a la ostentosa litera de Agripina. Era un muchacho que se apasionaba por los festejos, y en esa línea, cualquier suceso era la excusa para organizarlos. Por ejemplo, la aparición de su primera barba. Con tan importante ocasión, organizó los primeros Juegos de la Juventud, una buena idea en principio pero que, al final, será el pistoletazo de salida para convertir aquella excelente ocurrencia en cl inicio de la depravación y lo más disoluto que se entronarían intramuros del palacio imperial no pasando mucho tiempo. En sus primeros tiempos, otros detalles gratos del nuevo Emperador sorprendían a la gente. Por ejemplo, sus grandes dispendios al organizar, sin descanso, toda

clase de diversiones y espectáculos para los romanos, actuando como padre bonda4oso que impedía la muerte de los gladiadores que luchaban en el circo, incluidos los prisioneros de guerra y los condenados por la justicia. Como se proclamase artista universal, se empeñó en diseñar las nuevas casas de la ciudad del Tíber, intentando limitar los lujos excesivos de las mismas. También proyectó prolongar las murallas de Roma hasta el puerto de Ostia. Pero, en un brusco viraje, sobre todo a partir de la muerte de su madre, Nerón actuará en dfrecci5n opuesta, mandando matar a sus dos maestros, Burro y Séneca, y a otros artistas y literatos (como el poeta Lucano, sobrino de Séneca), iniciando un tiempo de delirips y locuras asesinas. Bien es cierto que éstos —y a la cabeza el filósofo cordobés— se habían embarcado en una conspiración para eliminar a Nerón y sustituirle por su antiguo preceptor cordobés. Sin embargo, aparte del castigo a los conjurados, ¿a qué fue dlebido este cambio?

Las cosas no suelen ocurrir de forma gratuita, y puede que, çn un momento determinado, el factor herencia hiciera de las suyas pues, como se sabe, Nerón pertenecía a la familia Julia-Claudia, una dinastía con representantes tan fuera de lo común en cuanto a patologías mentales como Cayo Julio César, Octavio Augusto o Tiberio. El primero había sido un obseso sexual (como denominaríamos hoy), tan volcado en los placeres genésicos que no hacía distingos entre hombres y mujeres, aunque eran éstas, desde las desconocidas hasta las esposas de los senadores, las que corrían más peligro («Encerrad a vuestras mujeres, que viene el calvo!» quedó como frase hecha que avisaba de las razzias del general asesinado por Bruto).

En cuanto a Octavio Augusto, primer Emperador romano, siempre tuvo una salud delicada, no aguantando ni el frío ni el calor, era muy bajo de estatura, cojeaba y tenía la piel manchada. Como su padre adoptivo y pariente, se le puede considerar bisexual, y como con Julio César, tampoco las mujeres podían estar muy seguras a su lado. Por fin, Tiberio reunió en tomo a sí todos los desenfrenos y nadie dudaba que estaba poseído por una peligrosa clase de esquizofrenia, cuyos síntomas, por cierto, aparecían agudizados en Calígula. En fin, de la misma familia, con parentescos más o menos cercanos, fueron Germánico, Livia Drusila o su predecesor, Claudio, un emperador considerado como imbécil. Como se ve anteriormente, de toda esa ascendencia no podía salir nada bueno, y en Nerón parecieron confluir todas las taras de sus antepasados y familiares.

En consecuencia, empezó a actuar fuera de sí, haciendo matar a Británico, hijo de Claudio, y sucesor al trono hasta que aquél vio morir, a los 12 años, a su padre bajo el veneno de Locusta. (Por cierto que, como premio a la preparación de sus venenos, el Emperador premió a Locusta con la impunidad, grandes extensiones de tierras y la autorización para que tuviera discípulos en el arte de preparación de bebestibles letales.) Fue esta misma envenenadora la que falló en una primera ocasión, con su pócima destinada a matar al joven hijo de Claudio. Pero ahora ya no había habido fallo, y aquella muerte despiadada de Británico lo fue aún más pues el joven Nerón había asistido, complacido y risueño, a la lentísima agonía de su presunto rival. Él mismo había suministrado la pócima mortal a su odiado enemigo, al que su madre ponía continuamente como ejemplo de joven bondadoso y dedicado al estudio, además de ser ajeno a cualquier ambición de poder. Pero su ensañamiento con los seres más próximos tuvo como víctimas y protagonistas a tres mujeres: la primera, Su propia progenitora, Julia Agripina. Después seguirían el camino fatal de la madre, sus dos —y sucesivas— esposas: Octavia y Popea.

Tras un primer conato de rebeldía producido por un Nerón en quien, hasta entonces, había sido la sombra de su madre a cuenta del odio de Agripina por la liberta Actea, oposición que el Emperador acabó por no digerir dado el apasionamiento para con la ex meretriz, el Emperador pasó a mayores. Y, poco a poco, fue germinando en su cerebro la idea de desembarazarse de Agripina, convirtiéndose en obsesión cuando tuvo a su lado a su segunda esposa, Popea. En un primer intento de acabar con su guardiana obsesiva, concienzudamente preparado, un fallo técnico impidió la muerte de Agripina. Se trataba del lecho materno. Allí, unos operarios habían transformado el techo del dormitorio colocando planchas de plomo que debían caer, al accionar una palanca, sobre la regia durmiente, aplastándola literalmente. Pero, ya se ha dicho, hubo un fallo y la víctima pudo escapar, herida levemente, y encerrarse en una de sus villas. El fracaso dc aquel intento de asesinato sumió al hijo en una pesadilla continua en la que no lograba ahuyentar un miedo terrorífico, pensando Nerón —y no le faltaba razón— en que, dado el carácter de su madre, podía matarlo a él en venganza por su intento fallido.

Sin embargo, transcurridos unos días, volvió a la idea de intentar de nuevo la eliminación de quien le había llevado en su vientre, pensando ahora en un barco trucado para su crimen en el que iría su madre, que previamente se había dirigido a las fiestas de Minerva cerca de Nápoles. Nuevamente, el dispositivo falló y aunque la barcaza se partió en dos, la gran nadadora que era Agripina pudo ganar la orilla del golfo de Bayas. Aún más aterrorizado que la vez anterior por este nuevo chasco, ordenó que, de inmediato, mataran definitivamente a aquella mujer que parecía reírse de él desde una aparente inmortalidad. Será un incondicional del Emperador, Aniceto, el que hunda su espada en el vientre de Agripina. El propio hijo visitó el cadáver desnudo de su madre y, según Suetonio, lo examinó y acaricióó durante largo rato. Después, presa de un aparente arrepentimiento, se escondió de todos.

También eliminó a sus dos esposas sucesivas, Octavia y Popea. La primera llevaba una vida oscura y alejada de la vida activa fuera de Roma y sin dar mucho mido. Esposa virgen, el nuevo capricho del Emperador, Popea, exigía a éste compartir el trono para lo que, obviamente, estorbaba la Emperatriz nominal. Loco por Popea, aquella espléndida pelirroja (se la consideraba una de las mujeres más hermosas de Roma), el destino de Octavia estaba cantado. Al principio, Nerón intentó divorciar-se de su esposa, pero las razones que exigía la ley no estaban muy claras, por lo que el éxito era dudoso. Entonces se decidió a dar el paso definitivo, aunque eliminarla no iba a ser fácil, pues el pueblo estaba con ella, y las contadas veces que salía por las calles la gente la vitoreaba con el cariño de las masas para con las gentes aparentemente desvalidas. No obstante, Popea seguía apremiando, y Nerón acudió, de nuevo, a los servicios de su incondicional Aniceto, que repitió crimen (antes había matado a Agripina) y ejecutó a la Emperatriz, a quien obligó a abrirse las venas y desangrarse hasta morir.

La desgraciada Octavia, prácticamente virgen tras su matrimonio, había sido desterrada a la isla de Pandataria, y allí mismo sería sacrificada. Después el cadáver de Octavia fue decapitado, y su cabeza llevada por Aniceto, por orden de su señor, como un trofeo a su rival, una victoriosa Popea, que se recreó en el rostro doloroso de aquel despojo. Una vez libres de obstáculos, Nerón y Popea iniciaron la que parecía ser una etapa de bondades que no tendría fin. Los dos amantes se entregaron absolutamente a toda clase de fiestas y goces, apurando hasta la última gota el néctar de la felicidad. Sus festejos y sus orgías los empujaban a acicalarse y exhibirse como dos dioses espléndidos para lo cual, era un secreto a voces, Popea y Nerón consumían en cantidades extraordinarias toda clase de cosméticos y perfumes, continuamente gastados e inmediatamente repuestos por atentos proveedores. Sin embargo el reinado de Popea no sería muy largo, y al final, acabaría como sus predecesoras.

Tras darle a Nerón un heredero fallido llamado Augusto, y que moriría con pocos meses, de nuevo quedó encinta, lo que volvió loco de contento al Emperador, que sintió renacer en él dormidos sentimientos paterno-filiales ante el próximo alumbramiento. Pero una noche, incidente ya relatado en el capítulo anterior, tras regresar de uno de sus interminables banquetes a los que asistía desde el mediodía hasta la medianoche, Nerón, ebrio, propinó una patada fortísima en el ya abultado vientre de Popea, que le provocó una muerte casi inmediata. Autique se propagaría la idea de que todo había sido la realización de un plan premeditado por el que pretendía eliminar de su vida a Popea, sin embargo muchos historiadores se inclinan a hablar de accidente fatal con un resultado inesperado y accidental de muerte, tanto del bebé aún dentro de las entrañas de la Emperatriz como la propia madre.

Pero aún faltaban nombres de segundo orden en la sangrienta lista de sus víctimas como, por ejemplo, su tía Lépida, a la que visitó en su lecho de en• ama y a la que tras desearle una pronta recuperación, ordenó confidencialmente a médico que la purgase definitivamente, y robó, tras su muerte, con el cuerpo aun caliente, su testamento de forma inmediata, con lo que se apropió de todos sus bienes. También se le quitó la vida a una hija de Claudio, Antonia, porque habiendo prometido hacerla su esposa, ella le había rechazado los deseos del Emperador. Aunque en estos casos y en algún otro, el todavía humano Nerón sufriría demás de estos crímenes grandes conflictos de conciencia, muy pronto se imponía su qo yo aquel monstruo que profetizara su padre, Enobarbo, y que acabará por justificar sus crímenes en que había que apurar las «posibilidades del poder», no exilotadas lo suficiente, según él, por sus predecesores, en el sentido de ejercer su ti-ruja absoluta sobre el Imperio. Haciendo realidad sus propios enunciados, mandó eliminar a Atico Vestino para juntarse con su viuda Estatilia Mesalina. Y, en fin, llendo a extremos absurdos su desprecio por la vida, mató a su hijastro Rufo Crispitio porque alguien le dijo que el niño se divertía en sus juegos llamándose «el Emperador», lo que para la mente anormal de Nerón significaba que aquel pequeño le tobaría el trono algún día. Libre ya de molestas influencias familiares, se dedicó a vivir, todavía más, a su tite, dando entrada en palacio a ejércitos de cortesanas y de histriones con los que se dedicaba a organizar grandes fiestas y nuevos juegos para el pueblo y para él mismo, PIICS ya hemos visto cómo se consideraba un gran artista polifacético e inspirado. Nadie ponía en duda la autenticidad del arte del Emperador, ¡y pobre del que lo desdijera!, pues podía acabar como el deslenguado Petronio, el autor de Satiricón. Aunque hay que apuntar que este poeta compaginaba sus creaciones literarias con diversas campañas y conjuras contra el Emperador, había sido un antiguo amigo de parrandas cuando ambos eran más jóvenes, lo que le hizo confiarse y acabar por despertar contra él la furia imperial.

Denunciado ante el Emperador por los celos de Tigclino, Nerón ordenó a su antiguo amigo que se suicidara. Muy digno, el desvergonzado escritor reunió en un gran banquete a sus amigos y a un grupo de meretrices. Tras la orgía que siguió al ágape y tras declamarse inspirados versos, Petronio se abrió y cerró varias veces las venas, dando tiempo a que un criado le trajera un preciado vaso que sabía muy deseado por el Emperador y que, de inmediato, hizo añicos contra el suelo. Al poco rato murió. Nerón recuperó los juegos y las diversiones para el pueblo de Roma, tras estar prohibidos en la anterior etapa de Tiberio. Se entregó totalmente a las atracciones del circo, no sólo para solaz de la gente sino para el suyo propio, sin evitar, a veces, intervenir él mismo en los diferentes cuadros. Creó una escuela de gladiadores donde se entrenaban estos luchadores que, después, luchaban en la arena con otros gladiadores o con las fieras. Se sabe que bajo el mandato de Nerón llegó a contarse con más de 2.000 individuos perfectamente entrenados y preparados. Incluso impuso, de una especie de broma, a sus senadores y nobles, a que de vez en cuando, bajaran ellos mismos a la arena y se pelearan entre sí, igualándolos de esta manera con es clavos y prisioneros, cantera de los gladiadores.

Eran una bromas sangrientas puesto que a causa de ellas perderían la vida cuatrocientos senadores y un número mayo de hombres libres. Como ya se ha indicado, la muerte de su madre enloqueció aún más al Emperador, volviéndolo desconfiado hasta el paroxismo, de tal forma que ya recelaba por igual de amigos y enemigos, mezclando a unos y a otros en una irrealidad nefasta Entonces se descubrió la llamada conspiración de Cayo Pisón, tan minuciosamente preparada que hasta se fijó el día y el mes para llevarla a cabo: exactamente el 19 d abril del año 65. Con años de retraso, Pisón se vengaba con este proyecto en un miembro de la familia imperial, en este caso Nerón, de la humillación que Calígula le infligió el mismo día que celebraba el banquete de su boda con Livia Orestila, ~ la que poseyó cuanto quiso en su palacio. Pero al estar mucha gente al tanto del complot (senadores, miembros de la nobleza, soldados y hasta el preceptor de Nerón, el filósofo Séneca), la noticia de lo que se preparaba llegó a oídos del Emperador, que lo atajó inmediatamente. El lugar que habían elegido los conspiradores para el crimen (el llamado Templo del Sol, junto al circo Máximo, donde se rendía culto a Ceres, la diosa más amada por Nerón) fue ocupado por los legionarios, que abortaron así la acción. Poco después se iniciaba el juicio contra todos los detenidos, y no sólo contra ellos, sino contra todas las ramificaciones detectadas en compulsivas denuncias que se amontonaban en el Palatino.

La masacre sobre los conjurados fue tal que Tácito llegaría a decir que tras las ejecuciones, «la ciudad estaba llena de cadáveres». Tras este nuevo susto, Nerón sintió un aumento de sus terrores y en su paroxismo, de tal forma le atenazó el miedo, que mandó clausurar el puerto de Ostia y cerrar el curso del río Tíber, por si por allí llegaban los que, estaba seguro, vendrían a acabar con él. Rodeado de los únicos soldados en los que confiaba, los germanos, se encerró en el Palatino y allí se dedicó a toda clase de excesos, como quien presiente que le queda poco de vida. Así, recuperó sus antiguos placeres y se decantó también por los antiguos —extremos— excesos. Aburrido del amor más o menos habitual, se lanzaría a unas relaciones digamos equívocas, de tal manera que se le conocieron dos amantes: Esporo, un joven bellísimo a quien mandó mutilar sexualmente para así, mientras ser castrado y vestido con las mejores galas femeninas que habían pertenecido a emperatrices anteriores, poder casarse con él/ella públicamente; y Dioforo, un esclavo liberto que, en este caso, hacía de marido del Emperador, convertido, y fingiendose, a su vez, mujer. El capricho imperial llegó hasta sus últimas consecuencias, celebrándose una boda pública en la que Nerón era la esposa tímida para lo que sc tocó con el velo de desposada; hubo presencia de testigos, se preparó concienzudamente el lecho del amor, y las antorchas llegaron a alumbrar los cuerpos de los esposos, llegando el Emperador a imitar los gemidos de dolor —y de placer— de cualquier joven esposa en su noche de bodas. Escribe Tácito: Púsole a Nerón la vestidura nupcial mujeril, se llamó a los augures, aderezóse el lecho conyugal, se previnieron las lucientes antorchas y se dispuso, en fin, todo lo acostumbrado en la noche de bodas». Pasado un tiempo pareció recuperar las ganas de vivir, pero ya no era Roma su ciudad y su lugar apetecido. Salió, por fm, pero lo hizo para trasladarse a Grecia, el país y la cultura de sus amores.

Era agosto del año 66 cuando se puso en marcha la gran caravana de artistas que tenían como destino Brindisi y después Corinto. Cantantes, danzantes, músicos, coristas y hasta modistos formaban parte de la corte ambulante de Nerón, que iba acompañado, además de por una nueva esposa, con la que se había casado hacía unas semanas llamada Estatilia Mesalina, por el eunuco Esporo, el confidente Tigelino y su secretario, Epafrodito. Durante un año de ausencia de Roma, Nerón pudo dar rienda suelta a sus grandes aficiones que, desde su juventud, le tentaban. Tan sólo cuando el oráculo de Delfos le advirtió de que, en una fecha determinada, podría estar en peligro y le invitaba a que se cuidara, de nuevo le asfixió el pavor y ordenó el regreso inmediato a Roma. Antes, en otra consulta al oráculo de Apolo de la misma ciudad, interpretó la profecía del mismo —«que se guardara de los 73 años»— como una garantía de que hasta esa edad no moría. No obstante, se trajo de Grecia un nuevo espectáculo inventado por él: las Justas Neronianas, una mezcla lúdica de canto, baile, música, poesía, gimnastas, caballos y oratoria: en realidad, una especie de espectáculo total que el Emperador instituyó para que se celebrara cada lustro. Él, más espectador que partícipe, sin embargo se reservaba el canto, del que estaba convencido de ser un gran intérprete. Durante sus actuaciones llegó a reclutar a 5.000 plebeyos a los que instruía en la forma de aplaudirle (en tres intensidades), mientras prohibía terminantemente que nadie abandonara sus localidades, de tal forma que allí se produjeron partos, muertes e imprudentes imprecaciones y maldiciones contra el Emperador. Pero, en general, estas actitudes para las artes del Emperador llamaban la atención de su pueblo, pues los anteriores emperadores habían carecido de igual sensibilidad artística. Sin embargo, tal sensibilidad en otro orden de cosas brilló por su ausencia.

Por ejemplo, llegó a violar a una vestal llamada Rubria. Y es que sus prácticas religiosas eran bastante magras y el respeto por las mismas, mínimo. En otro de sus pasatiempos favoritos, se cubría con una piel de cualquier fiera con la que destrozaba los genitales de hombres y mujeres, previamente atados a postes, tras lo cual descargaba su libido con su liberto, Dióforo. Después se repetiría boda, aunque cambiando los papeles y eVla cónyuge. Ahora tocaba casarse de nuevo, pero con aquel Esporo que siempre le acompañaba. Parece que su amor desaforado para con este bellísimo joven, tenía su origen en que se parecía extraordinariamente a Sabina Popea. Cuando él mismo acabó con la vida de su segunda esposa, mandó castrar a Esporo, lo vistió con túnicas femeninas, y organizó la ceremonia matrimonial. El enlace tuvo lugar en Grecia, durante el tiempo en que el Emperador vivió en la Hélade, con grandes festejos en diversos lugares de la península helénica en honor de los novios.

 En su fijación-obsesión por Esporo-Popea, Nerón obligó a su esclavo-esposa a que se sometiera a una intervención por los cirujanos que debían practicarle una incisión en el sexo que le facilitase, en caso necesario, el poder llegar a parir un heredero. Sin la insistencia de la literatura y el santoral cristianos, que estimularon la leyenda de la maldad del Emperador con los primeros seguidores de Pedro y Pablo, puede que Nerón fuese uno más de los emperadores que, se sabe de sobra, ninguno fue lo que hoy llamaríamos un santo. Pero ya no hay remedio, y a Nerón se le considera como el primer gran perseguidor de los habitantes de las catacumbas, a los que el pueblo de Roma, más que el propio Nerón, había achacado el incendio de Roma del año 64. Un incendio éste el más conocido de la Historia y puede que el más falsamente narrado, pues parece que el pretendido pirómano no sólo no quiso incendiar la urbe sino que, una vez destruida, se puso a la tarea de levantarla otra vez, pero más monumental y extraordinaria. Todo ocurrió el 18 de julio del año 64, cuando Nerón disfrutaba de su retiro veraniego de Anzio. Era ya noche cerrada cuando el Emperador fue despertado por un correo que le avisaba que Roma ardía tras el inicio de las llamas en las cercanías del circo Máximo. Muy preocupado por la extensión que, según el mensajero, había adquirido, montó en su caballo inmediatamente, y galopó los más de 40 kilómetros que le separaban de Roma hasta avistar el resplandor de la gran hoguera que devoraba la capital del Imperio, advirtiendo cómo las llamas se ensañaban especialmente sobre las miles de casuchas de madera que eran mayoría en la urbe. Sobre todo pensó en la posibilidad de que el fuego llegara a su mansión del Palatino, y consumiera sus amadas obras de arte encerradas en la residencia imperial. Pudo apreciar desde un mirador estratégico la gravedad de la catástrofe a través de los más de 500 metros de llamas que se extendían y avanzaban sobre aquella ciudad de más de un millón y cuarto de habitantes.

 El grueso del incendio duró cinco días y sus noches, y destruyó 132 villas privadas y cuatro mil casas de vecinos. No se pudo probar el origen del incendio ni la realidad del ornamento de la pretendida oda (lira en mano) a la ruina de Roma por parte del Emperador. Tácito dudaba de esta acusación, y aunque Suetonio la dio por válida (según este historiador, el recital poético declamado en tan insólita ocasión tenía un título: La toma de Troya), será siglos después cuando los padres de la Iglesia achaquen al Emperador un incendio que, a su vez, Nerón había cargado en la cuenta de los entonces subversivos adoradores de Jesús. (No obstante, fue un hecho innegable el que, bajo el reinado de Nerón, se inició una persecución de la que los historiadores romanos llamarán secta maléfica, por la que murieron muchos de aquellos esclavos —a veces cristiano y esclavo eran una misma cosa— al ser utilizados como cobayas sobre los que la cómplice del Emperador, la envenenadora Locusta, probaba los nuevos venenos que preparaba continuamente bajo la supervisión, y el entusiasmo, del Emperador.) Pero volviendo al incendio de la urbe, también es cierto que, después, Nerón mandaría levantar muchas barracas para alojar a los damnificados por las llamas e, incluso, en un primer momento abrió las puertas y jardines de sus palacios para acoger a los que lo habían perdido todo.

Además, importó rápidamente provisiones y abarató por un tiempo las existencias. Su deseo último era, a partir del desastre, reconstruir totalmente la ciudad eliminando la madera en el levantamiento de las nuevas casas y apostando, por el contrario, por la piedra. Claro que empezó la reconstrucción por sus propias estancias, pues aprovechando los solares nacidos del desastre, empezó la construcción de su nuevo palacio llamado Domus Aurea, un despilfarro de columnas marmóreas, jardines lujosos, hermosas fuentes y atractivos lagos artificiales. No obstante lo dicho sobre la relativa leyenda por parte de los autores de los primeros tiempos del cristianismo en su ensañamiento y su afán por denigrar a Nerón, llovía sobre mojado, ya que historiadores gentiles como Tácito, Suetonio o l)ion (que vivieron después y nunca llegaron a conocerle), pertenecían, o bien a otros reinados con emperadores de otras dinastías diferentes a la de los Claudios, o, en el caso de Suetonio, el chismoso historiador que se adelantó a los siglos y enfatizó lo que hoy llamaríamos lá pequeña historia de los detalles, los bulos y las Confidencias más o menos parciales pero que, sin duda, hacían mucho más amenas ¡as crónicas de este historiador que la del otro ya citado, el séreno y circunspecto ser humano, aunque fuese un enemigo. Entonces llamó a la única mujer que, corno él, vagaba por las estancias palaciegas, la envenenadora Locusta, a la que le suplicó que le preparara una fuerte tintura biliosa que guardó en una cajita dorada. La puso a buen recaudo, y, cada vez más enloquecido, pensó en huir a Egipto, donde creyó que no le encontrarían los soldados del general Galba (el sublevado y nuevo gobernante de facto había advertido que no quería ser nombrado con el título de Emperador —tan desprestigiado como estaba—, conformándose—dijo— con ser el general del pueblo romano).

Pero no había nadie a quien pueda comunicarle sus planes de huida, salvo su criado Faonte, otro espectro en palacio y el único que le propone que se esconda en su casa, en una gruta ubicada en la quinta de aquel su humilde liberto. El Emperador termina por acceder y en este último desplazamiento, le acompañarán algunos incondicionales, aunque nada más llegar al campo intentó, sin éxito, suicidarse con un puñal. Ante el fracaso del suicidio, Nerón llamó en su ayuda a su secretario y escudero, Epafrodito, para que impulsara su brazo con la fuerza capaz de producirle la muerte, orden, o súplica de su amo, que fue cumplida al instante. Antes de expirar, el Emperador aún tuvo humor para afirmar: «iQué gran artista pierde el mundo!» para, inmediatamente, concluir con esta pregunta: «LEs ésta nuestra felicidad?». Y expiró. Una vez hubo dejado de existir, los ojos brillantes de Nerón, como saliéndosele de las órbitas, aún aterrorizaban a los que le rodeaban. El cadáver fue envuelto en un manto blanco recamado en oro, y los gastos del sepelio lo pagaron sus dos nodrizas, Egloga y Alejandria, y su humilde ex amante (puede que fuese a la única que amó), la corintia Actea. Fue la humilde y dulce griega a la que siempre respetó el Emperador la que, con el permiso de Galba, tuvo acceso al ilustre muerto. Actea desnudó el cadáver del Emperador, lo lavó de la sucia sangre que lo inundaba ylo envolvió en aquel manto blanco bordado en oro que Nerón llevaba puesto en el que sería su último encuentro con ella en vida. Trasladado cl cadáver a Roma, ordenó hacerle unos discretos funerales. Después, llevó los restos hasta el monumento a Domiciano, en la colina de los Jardines, lugar elegido por Nerón para la construcción de una tumba de pórfido y mármoles.

Tras acomodarlo para la eternidad, Actea permaneció una jornada completa estática y muda ante la tumba. Al caer la noche, descendió de la colina y, sin volver la cabeza, continuó su camino hacia el valle Egeria. Sus anhelos de inmortalidad a través del tiempo, tuvieron dos ejemplos en su deseo de llamar al mes de abril Neroniano, y su idea de darle a Roma un nuevo nombre que la proyectara sobre los tiempos futuros: Nerópolis. Al morir, cumplía 32 años de edad y 14 de reinado, y si es cierto que tanto contemporáneos y futuros historiadores se ensañarían con su reinado, el pueblo romano se negó durante un tiempo a admitir su muerte, esperando inexplicablemente un retomo imposible. Fue un caso extraño que no se repitió con otros emperadores anteriores y que tampoco tendría lugar entre los que le siguieron. El pueblo no admitió su muerte, y se rumoreaba que en realidad había desembarcado en Ostia y, después, había emprendido viaje a Siria. Desde allí, decían, Nerón volvería a recuperar su trono y a gobernar el Imperio. No se crea que estos rumores se fueron diluyendo con el paso del tiempo: al contrario, todavía quince años después de su muerte manos anónimas (puede que las mismas que lo enterraron, las de su amada Actea) seguían adornando la tumba de Nerón, mientras otros recitaban ante el mausoleo imperial proclamas y versos del extinto. Incluso pasadas dos décadas, un hombre que aseguraba ser el César se pudo ver en la zona de Partos, siendo acogido por los naturales como el auténtico Nerón, y poniéndose a sus órdenes.

En fin, como en tantos casos similares, el cine hincaría sus colmillos, hambriento, en tan cinematográfico Emperador, desde una temprana película de 1906 titulada, diáfana mente, Nerón quemando Roma, pasando por otra cinta italiana de la primera década del siglo, Nerón y Agripina, y finalizando con otro film de Alessandro Blasetti de 1930 con el nombre del mismo protagonista como título Nerón. En todos ellos el papel del Emperador fue un regalo para los actores. Pero donde esto se evidenciaría extraordinariamente, hasta el punto de identificar a un actor con su personaje fue en la película norteamericana Quo Vadis (Mervyn Le Roy), con un fuera de serie en una buscada sobreactuación a cargo del actor Peter Ustinov, que desde ese momento (1951) será ya siempre «Nerón», y no el señor Ustinov

                                                  COMODO

 


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